Se abre el
portón cósmico que conduce al tiempo remoto donde los seres humanos tienen su
cerebro en sincronía con el logos solar. Aquel tiempo que subsiste en otra
dimensión, donde en mundos paralelos la gente lee.
En aquella
realidad sin redes sociales y humanoides idiotizados, existen los libros, las
palabras cargadas de humanidad, lejos de la fría plasticidad de la inteligencia
artificial. Es el tiempo de asumir la nueva realidad; las naves están listas.
El zodíaco se
ha desfasado y ya no rige aquel ambiente inanimado. La precesión equinoccial,
la retrogradación del punto vernal, y la existencia de innumerables galaxias
con planetas habitados, indican un nuevo radio de acción, nuevas interpretaciones,
que se alejan del ya desgastado mundo que habíamos conocido.
En aquel
mundo paralelo nos reencontramos con Khalil Gibran, en el momento preciso de esta
configuración cósmica, y sus palabras reviven el instante del cambio vibracional
contenido en su profecía:
“El mar que llama a todas las cosas me llama y debo embarcarme. Porque quedarse, aunque las horas ardan en la noche, es congelarse, cristalizarse y quedar atrapado en un molde. De buena gana me llevaría conmigo todo lo que hay aquí. ¿Pero cómo lo haré? Una voz no puede llevar la lengua y los labios que le dieron alas. Sólo debe buscar el éter”.

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